martes, 19 de septiembre de 2017

"Stormwatch", Jethro Tull, 1979, Chrysalis

Sin duda que el último álbum de Jethro Tull grabado por la más clásica -y mejor- de sus formaciones -Barlow, Barre, Evan, Glascock, Palmer, Anderson- puede pasar cómodamente por el menos logrado de, por lo menos, la llamada trilogía folk, y también palidecer frente a trabajos de mayor interés, como "Minstrel in the gallery" (por no mencionar "Thick as a brick" o "A passion play"), pero por ello es un álbum fallido o sencillamente malo. Por el contrario, su arranque con "North sea oil" y "Orion" es tan bueno como cualquier canción de segunda fila de "Songs from the woods" o "Heavy horses", y eso no es decir poco. Es cierto que  no aparece una obra maestra al nivel de lo mejor de esos discos, pero hay momentos especialmente deliciosos en "Home" y en "Dark ages", una de las piezas más hard rock de un álbum que prescinde de marcas folk tan fuertes como las de sus dos predecesores pero retiene una conexión a ese medio rural del que hablaba "Songs from the woods" a través de una preocupación de corte ecológico.
Otros momentos de discreta belleza son la introducción de "Warm sporran" -el resto del instrumental se vuelve algo reiterativo, a decir verdad.
El problema está quizá en el lado B, que comienza con una potente "Something's on the move", pero pronto esa canción revela cierta falta de inspiración. No se trata de una pieza realmente mala, por supuesto, pero ya no cabe compararla con canciones sólidas de los antecedentes inmediatos de la banda, en particular por una melodía que parece resuelta de manera algo consabida. Hay un clima interesante al comienzo de "Old ghosts", pero la pieza no está a la altura de las expectativas, y después "Dun ringil" (cuyo título remite a un sitio arqueológico en Escocia) parece una canción de manual de Jethro Tull (pero su brevedad la hace fácil de pasar por alto).
El lado B mejora un poco con "Flying dutchman", pero a la vez no parece tratarse de una canción especialmente intensa o "viva" -ambas cosas que siempre están presentes en lo mejor de Jethro Tull, incluso en el Jethro Tull estándar-, y cerrar el álbum con un instrumental un poco tenue, por más que contenga momentos especialmente bellos (y otros tantos especialmente cursis), no parece la mejor de las opciones. Quizá, simplemente, la inspiración alcanzó para un buen lado A y relegó al B a un rejunte resignado.
Pero qué bien que suenan "North sea oil", "Orion" y "Dark ages".

lunes, 18 de septiembre de 2017

"In concert", The Doors, 1991 (1969, 1970), Elektra


The Doors grabaron buena parte de sus conciertos de 1969 y 1970 con la idea de eventualmente armar un disco en vivo. Así, ese mismo año, en julio, fue publicado el doble "Absolutely live", en el que cada canción fue ensamblada en el estudio a partir de los mejores momentos de todo ese gran acervo de grabaciones, algo así como "el concierto definitivo" de la banda. Y, además, el lado C (o sea el A del disco 2) traía una performance completa de "The celebration of the lizard", el proyecto que iba a llenar uno de los lados de "Waiting for the sun" pero quedó abortado después de que la banda decidiera que no estaba haciendo progresos en su grabación (el impulso de armar una suite con partes tan diferenciadas no fue abandonado: es el germen de "The soft parade", del año siguiente). 
Las grabaciones no usadas quedaron archivadas hasta que, en 1983, fueron usadas algunas para el disco "Alive, she cried", que incluía el interés especial de "Gloria", un cover de otro Morrison no grabado por The Doors para sus álbumes de estudio; y, además, traía "Light my fire", ausente (extrañamente ausente) de "Absolutely live", y otros clásicos de la banda de los que no estaban disponibles versiones oficiales en vivo, entre ellos "Moonlight mile" y "Love me two times".
Después, en 1992, ambos álbumes fueron compilados como un CD doble, y para mi generación fue, qué duda cabe, un disco de importancia singular. De hecho, "Roadhouse blues" sonaba en nuestros oídos inseparable -pese a que la versión en vivo, armada con material del 1er show en New York del 17/1/1970, del show en Detroit del 8/5 y del 2o show de Boston del 10/4, es inferior en riquza sonora, naturalmente, a la de estudio- del anuncio de "From Los Angeles, California... The Doors!" que inauguraba el segundo CD. 
Para mí, más allá de la excelente versión de "The end" (tomada del concierto del 5/7/68 en el Hollwyood Bowl de Los Angeles) y de la memorable "Little red rooster" (cover de Willie Dixon ensamblado con las grabaciones de los dos shows de New York ya mencionados y con la armónica vuelta a grabar en el estudio), "In concert" fue el disco que me introdujo en el corazón de la mística de The Doors bajo la forma, imagen y sonido de "The celebration of the lizard", incluyendo su suerte de prólogo armado con la devastadora "Universal mind" y también "Petition the Lord with prayer", que luego abriría "The soft parade" (grabadas en el Aquarius de Los Angeles el 21/ 7/1969 y en New York en la fecha ya mencionada, respectivamente). La escucha de esta pieza única cambió mi vida: todavía hoy me estremece, por ejemplo, el ímpetu rimbaldiano de "The palace of exile" y sus versos finales ("Tomorrow we enter the town of my birth / I want to be ready") en la voz desganada, opaca y hermosísima del Morrison de esa noche.
Más recientemente todas esas grabaciones de 1970 fueron editadas bajo la forma de sus conciertos completos, y hay incluso un compilado excelente de lo mejor de esos shows (pero ofrecidos sin la técnica de reconstrucción en estudio o "recorto y pego"), "Bright midnight", de 2001, al que habría que pensar como el gran disco en vivo definitivo de The Doors". Pero antes de esa fecha -y de que, históricamente, el disco no tuvo ni el impacto ni la importancia que el anterior, al menos no aquí en Uruguay, al menos no para los pibes de clase media de mi edad, al menos no en las inmediaciones del Parque Posadas- "In concert" reinó indiscutido: ese, es decir, era el sonido de The Doors en vivo.

"Metallica", Metallica, 1991, Elektra

Es interesante que después de que Guns'n'roses (primero y por excelencia) y el grunge (después y por oposición) liquidaran a la variante hair o glam del metal ochentoso Metallica, el mismo año en que Nirvana publicaba "Nevermind" y Pearl Jam "Ten" (y U2 "Acthung baby"), acudiera a Bob Rock, el productor preferido de Mötley Crüe, una banda de esa era en ruinas. Rock también había trabajado con David Lee Roth (y si de algún lugar salía el glam metal era de Van Halen) y después produciría a Bon Jovi, y lo que se acordó, no fácilmente, entre banda y productor fue que sería abandonado el sonido thrash/progresivo de discos como "Master of puppets" y "...and justice for all" -y también el thrash a secas de "Kill 'em all" y "Ride the lightning"- en favor de estructuras más simples, hits más pop, tempos menos frenéticos y, en suma, un feeling un poco más hardrockero. Pero el sonido de los noventas todavía no había prendido del todo en Metallica, y su quinto álbum de estudio todavía suena con el reverb típico de la década anterior, con las baterias ecualizadas de manera algo tenue y aguda y el aporte tetxural (no rítmico ni tonal) del bajo minimizado o, mejor, simplificado; que el metal alternativo de los noventas estuviera a punto de ensayar más bien todo lo contrario (basta con escuchar los bajos de Tool y basta con pensar en la renaciente escena neo-prog o metal-prog que eclosionaría más o menos al mismo tiempo) termina por volver, entonces, más complejo e interesante al llamado "álbum negro", que contiene sin duda piezas clásicas -no solo de la banda sino del rock pesado en general- y de excelente factura (la veta alternativa/noventera de Metallica aparecería, en última instancia, pocos años más tarde en "Load"), las más cercanas a una sensibilidad pop que propusiera la banda a sus seguidores (ya con "Load" el problema era a qué seguidores se dirigian, por supuesto).
En ese sentido, además del hard rock riffero de primer orden de "Enter sandman" y del impulso más plenamente metalero de "Sad but true" -un comienzo de álbum inmejorable- quizá 26 años más tarde interesen un poco menos "Holier than thou", "Don't tread on me", "Through the never" y "My friend of misery", mientras que adquieren -o confirman- una estatura notable composiciones como "Wherever I may roam", quizá el mejor momento del álbum, "Of wolf and man" y "The struggle within", con "The god that failed" y "Of wolf and man" en un lugar de alguna manera intermedio. Y quedan los dos números lentos, ambos magníficos: "The unforgiven", cuyas posibilidades seguirían siendo exploradas por la banda en discos por venir, y la ya clásica "Nothing else matters", que ofrece momentos de un lirismo estremecedor unidos a una agresión metalera incuestionable.
En su intento de simplificar, enfocar y prescindir de lo prescindible, "Metallica" sin duda acierta en lograr piezas memorables; pero el acierto más importante de Metallica fue no grabar un "Álbum negro II" sino volver a romper el pacto con sus fans y experimentar nuevos registros. La receta, es decir, sólo servía para un disco (la del thrash e incluso la del thrash más complejo y cuasi progresivo, acaso, rendía más), y es un punto a favor de Metallica que se hayan dado cuenta de ello.

domingo, 17 de septiembre de 2017

"Live at Reading", Nirvana, 2009 (1992), Geffen


La escena podría tomar lugar dentro de diez años. Estoy, estaré, con Amapola en algún lugar de alguna ciudad, en un cuarto tan lleno de libros y discos, espero, como este donde escribo ahora; de alguna fuente -no importa si este disco que compré hace unos días o archivos como los que escuché tantas veces antes de esa compra- suena "Live at reading", de Nirvana, y yo digo: "escucha, hija mía, así sonaban los noventas".
Y entonces volvemos al ahora, y en septiembre de 2017 se me ocurre que, más bien, es así como en 2009 se masterizó y se hizo sonar a los noventas, pero esos detalles poco importan, porque "Live at Reading" es Nirvana en todo su poder y su gloria. Sí, Cobain desafina una nota sí y cuatro no, pero ¿a quién le importa? Si hay una verdad de la poesía, si hay una verdad de la literatura, si hay una verdad del arte, está en esa voz: la verdad de los noventas, hija mía.
La performance suena con fuerza y urgencia ya desde "Breed" (Cobain había entrado en una silla de ruedas y cantado las primeras estrofas de una canción antes de derrumbarse: es inevitable pensar que dos años más tarde el chiste no tenía la misma gracia), estalla en la coda memorable de "Aneurysm" y a partir de ahí estamos en la gloria. Quizá sea el mejor álbum en vivo de los noventas, y por eso parece tan fácil señalarlo y decir una vez más que ahí está el sonido de esa década, el corazón; la guitarra de Cobain hacee el riff de "School" y todo parece quedar más que claro.
Hay algunas pifias, claro: "Polly" no termina de convencer -y bajo y guitarra se desfasan notoriamente en la segunda estroafa- y "All apologies" -esto sin duda gana en tanto documento- todavía suena un poco bosquejada por momentos, pero por cada ligera caída hay un "In bloom" a todo trapo, una "Smells like teen spirit" con un impresionante antisolo, o una magnífica "About a girl" con su guitarra limpia resplandeciente y su distorsión -que en la mezcla y masterizado se queda asombrosamente en el mismo volumen, si no un poco menos- relegada al solo.

sábado, 16 de septiembre de 2017

"Band of gypsys", Jimi Hendrix, 1970, Capitol


Entre el 31 de diciembre de 1969 y el 1 de enero de 1970 Jimi Hendrix tocó cuatro recitales en el Fillmore East de New York; los setlist incluyeron clásicos de The Jimi Hendrix Experience y una serie de canciones nuevas, que dejaban atrás el sonido más bien psicodélico que había hecho a la Experience (y que de alguna manera ya había sido superado o virado hacia el prog en su último álbum, "Electric Ladyland") y exploraban un rock más cercano al funk. Ese mismo año, hacia fines de marzo, sería editado el último álbum de Hendrix, "Band of gypsys", que fue presentado como un disco en vivo pero a la vez prescindiendo del setlist completo en cuanto a las canciones de la Jimi Hendrix Experience, lo cual equivale a decir que sólo quedaron las canciones nuevas y, de hecho, sólo algunas entre ellas, acaso las que pudieron ser pensadas como las más terminadas (fueron, a lo largo de los cuatro shows, en total 23 versiones de canciones conocidas y 11 composiciones nuevas; no hay un lanzamiento en vivo oficial de los sets completos, pero se puede escuchar el disco doble de 1999 "Live at the Fillmore east" para una buena selección, así como también el reciente "Machine gun", de 2016, que ofrece el primer show del 31 de diciembre completo). La banda incluía a Buddy Miles en la batería (y coros) y a Billy Cox en el bajo, y entre los dos arman una base rítmica muy diferente a la que armaban Mitchell y Redding para la Experience, sin duda más apta para el funk que empezaba a incorporar Hendrix y para ofrecerle un esquema rítmico a la vez sólido y que le permitiera al guitarrista lanzarse a improvisaciones más jazzeras (de ahí que poco después Miles Davis declarara que entre todo lo que había oido de Hendrix lo que más le gustaba era aquello en lo que sonaba la base rítmica de Cox y Miles, que, al decir del trompetista, le convenía más a Hendrix). El resultado es extraño como álbum en vivo -está completamente mutilado y por tanto altera drásticamente lo armado en los cuatro conciertos- y, en tanto ofrece material previamente inédito, funciona también como álbum; es, de hecho, el último álbum de Hendrix y para muchos el más flojo de los cuatro. Pero su cara A tiene "Machine gun", una de las cimas del repertorio del guitarrista: un monstruo de 12 minutos donde Hendrix hace todo lo que sabía hacer y más. Por momentos parece la continuación o el desarrollo de "Voodoo child (slight return)", pero es también más extensa, más diversa y más extraña que esta, sin duda ayudada por el paisaje sonoro bélico que puede escucharse: las bombas, los silbidos, las ráfagas de ametralladora dibujadas por la guitarra. Quizá el sonido un poco hosco del registro no la ayuda: carece notoriamente del brillo de todo lo que Hendrix hacía en estudio y en ese sentido sólo nos deja con la fascinación por la performance (no existe versión alguna de estudio, que yo sepa), pero es tan tremendo lo logrado que rápidamente se olvida cualquier reparo y  no queda otra que surfear los ríos de lava.
También esa cara A incluye "Who knows", otra maravilla funk que habría sonado de manera increíble en ese álbum que Hendrix estaba a punto de completar y que fuera después reconstruido por tantas ediciones póstumas y tentativas.
El lado B es notoriamente más flojo, pero la introducción de "Changes" es deliciosa y el trabajo vocal de Buddy Miles funciona muy bien; en rigor se trata de una versión muy editada de lo que sonó en el segundo show del 1 de enero, y omite ante todo pasajes improvisados. Se trata además de una composición de Miles, para la que Hendrix hace un aporte sobresaliente desde la guitarra. "Power to love" tiene momentos sobresalientes pero es notoriamente una pieza menor en el contexto del álbum (y ni que hablar en la discografía de Hendrix), del mismo modo que "Message to love" y el cierre "We gotta live together", que rara vez superan el nivel de bosquejos promisorios.