domingo, 2 de julio de 2017

"The serpent (in quicksilver)/Abandoned cities", Harold Budd, 1989, Opal


En 1981 Harold Budd publicó el EP "The serpent (in quicksilver)". El disco, que contenía apenas 6 pistas y duraba unos 20 minutos, quedó entre dos de los trabajos más importantes de la etapa temprana en la carrera de su autor, ambos en colaboración con Brian Eno ("Ambient 2: the plateux of Mirror", de 1980, y "The pearl", de 1984). Después, en 1984, aparecería "Abandoned cities", que llegaría a ser reeditado en CD junto a "The serpent (in quicksilver)" en 1989 (y remasterizado otras tantas veces, la última en 2006), aunque los puntos de contacto entre ambos trabajos -más allá de lo que cabe pensar como el estilo básico de Harold Budd- no son muchos. En su momento se trató seguramente de una manera de volver accesibles aquel EP y aquel LP publicados por discográficas de poco alcance, y en ese sentido representan un aporte esencial para los admiradores de Harold Budd en general y su etapa temprana en particular. Para comenzar por el EP de 1981, las dos piezas digamos centrales (final de lado A y comienzo del lado B) son las que más claramente se apoyan en esa posible marca registrada de Budd, es decir el piano ligeramente muteado por la ecualización y el delicado fondo de decaimiento de las notas, que crea una atmósfera sutil y sugerente sobre la que van articulándose los fragmentos de melodía esbozados por el piano. Así, "Rub with ashes" y "Children on the hill" son sin duda las más emotivas entre las seis piezas del EP: las dos diseñan esta preciosa textura de piano y prescinden de otros timbres. No así sucede con las otras cuatro composiciones; "The wanderer", en la cara A, incluye además un fondo de sintetizadores que funde la reverberación y decaimiento de los acordes del piano, a la vez que los conecta con breves glissandos de lap steel (a cargo de Chas Smith). Es el momento más desolador del EP, seguido a cierta distancia en ese sentido por "Windows charm", del lado B.
La textura de piano y cuerdas encuentra en "Afar", la primera pieza del lado A, su momento más rotundo; es una composición breve, un poco destinada a pasar desapercibida a modo de introducción, pero en su lenta respiración (armada una vez más con los glissandos del lap steel) se cifra una placidez plena de belleza.
Quizá el momento más interesante del EP aparece a los 1:18 de "The serpent (in quicksilver)", al final del lado B, cuando la textura de cuerdas es interrumpida de pronto y sustituida por el piano, como si de alguna manera los dos paisajes sonoros básicos del EP convivieran en su cierre a modo de dos postales yuxtapuestas.
Si estamos escuchando la reedición de 1989 aparecen a continuación las dos pistas (20 minutos cada una, aproximadamente) de "Abandoned cities"; ambas se incorporan más cabalmente a la estética ambient, y la primera ("Dark star") marca el punto más oscuro del álbum (podríamos pensarlo mejor como un compilado, aunque las seis pistas del EP podrían funcionar perfectamente como el lado A de un disco, y "Dark star" como el B), con su drone siniestro y crepitante sobre el que se mueven notas de sintetizador y pequeñas melodías inquietantes. Es de alguna manera uno de los extremos en la discografía de Harold Budd, y uno de los paisajes sonoros más estremecedores que ha grabado, por el que cabe pensarlo como un precursor del dark ambient tan notorio como el Brian Eno de "Ambient 4: On land".
Algo similar opera en "Abandoned cities", aunque la oscuridad de la atmósfera creada no es tan inquietante. Sin duda que estas últimas composiciones operan mejor si están juntas, por lo que al final la unión de "Abandoned cities" con "The serpent (in quicksilver)" termina por sonar un poco a monstruo de Frankenstein sonoro: el primer EP nunca salía del todo del molde consabido de Budd (aunque este aparecía más claramente en dos de sus piezas y no tanto en las otras cuatro), pero el álbum yuxtapuesto prescinde por completo del piano muteado y de las melodías plácidas y melancólicas. Quizá la escucha de la reedición de 1989, entonces, termina por ofrecer algo así como un espectro de posibilidades para la obra de Harold Budd, con un foco de atención en sus extremos. En cualquier caso, cualquiera de las ocho composiciones incluidas es una fuente de disfrute musical.


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