miércoles, 12 de julio de 2017

"British steel", Judas Priest, 1980, Columbia




Quizá pueda pensarse que el heavy metal es un género en el mismo sentido en que lo es (o no es) la ciencia ficción; es decir: seguramente el metal no es un género, o no lo ha sido excepto por un momento específico en el que, tras una prehistoria de límites difusos (dominada por Sabbath) y en medio de una posthistoria estallada en un campo de subgéneros o variantes con diferentes -a veces apabullantes- grados de especificidad (guiño guiño - igual que la ciencia ficción), en algun momento de los ochentas el metal parecía derivar su naturaleza de género de la música pop/rock de la tensión entre los dos polos que cabe reconocer entre el NWOBHM (new wave of british heavy metal) y el algo posterior thrash; ambos son las matrices de todo lo que vendría después (en cierto sentido hasta podría pensarse en una suerte de receta: tanto por ciento tiende a lo que había sido el NWOBHMN -pienso en el speed metal y en el power metal, con toda su descendencia, claramente- y otro tanto por ciento tiende al thrash; de la interacción de ambos puede surgir lo progresivo en tanto espectáculo técnico o gesto filológico y extrapolado -pienso en Tool y su conexión con King Crimson, por ejemplo, pero también en Opeth y, en otra dirección, Ahab y su conexión con Sabbath), y, como en el caso de la ciencia ficción, en esta suerte de "teoría del metal" aparece un momento -análogo a la era de Campbell- en el que sí estaba claro qué era el metal y qué no (y de los predecesores siempre se podía señalar con mayor o menor claridad el componente de hard rock: o sea algo que es rock y es pesado pero no es metal). Llamémoslo la "época clásica" del heavy metal y pensémoslo ante todo en relación al NWOBHM, con su contrapartida más extrema el thrash.

Entre las bandas más longevas que brillaron durante esa época clásica del metal sin duda fue Judas Priest la que alcanzó con su sexto álbum de estudio uno de los logros máximos del género (de hecho no me cuestas gran cosa pensar que, aparte de Sabbath, los mejores discos del metal son "Master of puppets" y "British steel", con "Reign in blood" y "Vulgar display of power" cerca, "Rising" en las inmediaciones junto a "The number of the beast", "Peace sells...", y "Lateralus" y "Panopticon" paseandose por la periferia, y todo esto para sumar 10 con la obra maestra del metal "Master of reality") . Y lo hizo -después de un proceso centrífugo desde el prog que al menos vio un gran álbum, "Sad wings of destiny", de 1976- con una colección de canciones que no sólo exhiben con maestría todo lo que hacía al metal en su fase clásica (baterías aceleradas, doble bombo, distorsiones crepitantes de guitarra, bajos cavernosos, voces agudas con vibrato demente, épica, épica y más épica en las letras junto a fiesta, escabio, sexo, drogas y, sí, paganismo, literatura -¿habrá alguna banda más literaria que Maiden, en el continente del metal al menos?- y esoterismo) sino que funcionan magistralmente fuera incluso de cualquier visión genérica. Es decir: se trata de un disco virtualmente perfecto, de esos en los que las pequeñas diferencias de textura, sonido y emotividad logran desplegar en el oyente un mapa aún más grande del territorio ocupado por la banda. Sin tratarse de un despliegue tan vasto como el de "Revolver" o el cuarto de Led Zeppelin y más cercano -en cuanto a esa nómina posible de discos perfectos- a "Machine head", lo de "British steel" pasa desde las piezas más intensa y refinadamente pop ("Breaking the law" con su riff en tono menor, sus efectos de sonido y su cambio de tono magistral, y "Living after midnight", que prefigura todo el glam -o hair- metal) a la perfecta reescritura en un lenguaje indudablemente metalero de modos hard rock ("Metal gods" con su paso majestuoso y demoledor, "Grinder" y la fiestera "You don't have to be old to be wise"), desde una textura apretada de guitarras con distorsión y bajo ("Rapid fire", quintaesencia del metal clásico) hasta la apertura del espacio sonoro con el reverb y las secciones vocales que suenan a coro ("United" y el excelente añadido en la edición de 2001, "Red, white & blue"), además del sonido lleno y espacioso del riff principal de "Breaking the low" y la densidad atmosférica de la introducción de "The rage" con  sus detalles zeppelineros (y un trabajo vocal que traza el puente exacto entre Dio y Bruce Dickinson y acaso supera a ambos) y, por supuesto, las canciones que se las arreglan para incluir todos o casi todos estos registros en una sola pieza: "Steeler" y, en rigor, también "Metal gods" y "The rage".

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